sábado, 15 de diciembre de 2012

Jean Enrique Petalozzi

Maestro y enseñante, uno de los precursores de la instrucción y la educación moderna.
Su obra es indisc
Maestro y enseñante, uno de los precursores de la instrucción y la educación moderna.
Su obra es indiscutible porque descansa en una verdad eterna: enseñar al niño en el mismo
campo de las cosas Un hombre, un soñador que quiso dar al mundo aquello que sabía:
Juan Enrique Pestalozzi.utible porque descansa en una verdad eterna: enseñar al niño en el mismo
campo de las cosas Un hombre, un soñador que quiso dar al mundo aquello que sabía:
Juan Enrique Pestalozzi.



Recordando el ayer

Hace algunos años (bastantes, para ser exactos; aunque lo de «bastantes» pudiera ser relativo: 20 años), me encontraba tomando clases de alemán en lo que solía llamarse el «Tecquito». Era la Escuela de Extensión Cultural del Tec, el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey.

Tendría yo entonces unos 19 años, y en una de esas clases, la maestra Frau Gartz, hacía mención a una de las láminas que aparecían en el libro (y al mismo en la pantalla, pues eran clases con método audiovisual), y decía: «¡Pestalozzischule!»; que quiere decir, «Escuela Pestalozzi»).

Esta imagen se me quedó muy grabada, pues yo solo sabía que una de las paradas del camión (por ahí iba la lección), unos niños se detenían precisamente en esa esquina, la de la Escuela Pestalozzi. Mucho tiempo después supe que Pestalozzi había sido un pedagogo y maestro suizo que había dedicado gran parte de su vida a la instrucción y educación de los niños pobres.


Pestalozzi: su vida

Juan Enrique Pestalozzi nació en Zurich, Suiza, el 12 de enero de 1746. Su vida estuvo llena de desgracias, aunque siempre trató él de seguir adelante. Su padre, de origen italiano y cirujano de profesión, lo perdió cuando aún era chico. Fue así como a su madre le tocó cargar con la responsabilidad y peso que implicaba la educación de Juan Enrique.

La vida, es de esperarse, no era nada fácil que digamos. Su madre era una mujer laboriosa, tendiente a economizar y con costumbres austeras. Un aspecto flaco era su debilidad de carácter para reprimir los impulsos de su hijo, que poseía un temperamento fuerte, ardiente y desordenado; su madre le tenía que decir todo: abróchate los zapatos, cámbiate de medias, ponte el cinto, lávate la cara, lávate las manos. Y esto era todos los días.


En la escuela

En la escuela elemental a la que asistió, Juan Enrique no mostró o reveló talento alguno. El maestro no pudo enseñarle a leer, ni tampoco a escribir, por la torpeza de sus manos. Su maestro, desesperado, tal vez, dijo un día: «Jamás se podrá hacer algo bueno con este niño». Y es que todo le salía mal; pero, a pesar de todo esto, Juan Enrique era estimado por su bondad: un niño hambriento, le arrancaba lágrimas; un acontecimiento o escena triste, le hacían llorar.

Así, a medida que iba creciendo, fueron apareciendo en él ciertas cualidades intelectuales que atraían la atención de los maestros. Ya era un estudiante distinguido, aunque bastante soñador y algo distraído en sus lecciones. Pero, cuando ponía atención, aprendía con seguridad y aplomo; aunque lo que se le criticaba era su falta de cuidado en el uso del lenguaje y la puntuación gramatical.

Hubo muchas cosas que se le alabaron. Una de ellas fue una magnífica traducción que hiciera del griego de un discurso de Demóstenes, cuando aún los conocimientos del pequeño Pestalozzi eran muy precarios sobre esa lengua. Otra revelación fue su espíritu de admiración sobre los héroes de la antigüedad.


Algunos aspectos de su vida

Fue después de leer sobre los grandes hombres de la historia que a Pestalozzi le diera por dormir en una tabla, teniendo una piedra como almohada, sin usar cobertor alguno, únicamente con la ropa que traía. Su alimentación era de tipo vegetariano: comía, por lo general, sólo frutas y legumbres.

Por otro lado, los abusos de las autoridades le indignaban, trató de protestar; se unió a grupos, pero nada prosperó, e incluso tuvo que esconderse. Entonces pensó en abrazar la carrera eclesiástica. Sus estudios eran sólidos y sólo le faltaba algo de teología; pero también como predicador fracasó.

Entonces se dijo: «Y, por qué no, Derecho?» Pensó que estudiando la carrera de leyes, metiéndose a Derecho y convirtiéndose en político podría hacer lo que él quería: ayudar a la gente. Pronto se dio cuenta que tampoco era por ahí. A los políticos y los que estudian leyes lo único que les interesa es su beneficio personal y cómo aplastar a la gente.

Para él, todo esto resultó muy desagradable. Los más influyentes, vio él, eran de lo peor. Contribuyó esto el hecho del menosprecio con el que lo trataron los individuos influyentes y poderosos a quienes se había acercado, los cuales no veían con buenos ojos su inclinación a hacia los pobres. Veía pues, que estos líderes o políticos lo único que hacían era burlarse de la gente.

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